lunes, 21 de mayo de 2012

La Comunidad

Naces donde te toca y vives donde te mandan tus padres hasta que tienes un sueldo que te permite independizarte y elegir dónde quieres vivir. Trillas los buscadores de casas que conoces y empiezas a conocer otros nuevos, porque el mundo inmobiliario da para mucho sobretodo por las mierdas que la peña intenta alquilar que no te dejan de sorprender. Cliqueas, cliqueas, juegas a las casitas, preguntas por cosas que antes no conocías ni te interesaban ni sabías cómo se encendían y recuerdas con nostalgia lo cómodo y a gustito que se vive donde te mandaban tus padres. Pero lo afrontas con valor, con ilusión, porque vivir dónde quieres vivir tiene su magia.

Creo que recuerdo a todos mis vecinos que tuve desde que nací.
Los tres viejitos, María, Ana y yo diría que Andrés que me cogían en brazos y me daban besos en las mejillas cuando lloraba bromeando con lo saladas que estaban mis lágrimas.
La pareja sin hijos y con una madre/suegra que me daba terror. Por fea, la pobre era amable en la medida que podía pero me daba terror su aspecto.
La italiana y el español con los que jugaba a clavar en sus vigas de madera los pinchos que lanzábamos con una cerbatana que se habían traído de no se dónde además de intentar tocar el Didgeridoo mientras nos descojonábamos vivos sin conocernos de nada más que de ésto.
Los hobbits, que me arreglaban la luz cada vez que saltaba el diferencial como si fuera Blancanieves en esa casa de techos tan bajitos y que de vez en cuando oía que pillaban...
Lola, 60 años en La Barceloneta y un perfecto acento andaluz.
Y los desfasados, que de estos y de sus madres y muertos me acuerdo de vez en cuando, a cualquier hora del día, que no funcionan con un horario concreto.

Cada uno de ellos ha formado parte de mi vida, con mayor o menor intensidad, con más o menos pena o gloria. Cada uno de ellos ha elegido la casa gemela a la mía.

Hoy les dedico esta canción a los de arriba a todo trapo, que parece que les gusta mucho o que nos quieren hacer llegar este mensaje a toda la comunidad...





lunes, 7 de mayo de 2012

Shumi-Shumis-Shooou-Shumi-Shou-Shumiyey-ye


Los hombres somos seres adaptables e inteligentes, aunque no a partes iguales ni en todos los casos.
Los hombres somos capaces de sacar fuerzas del ojete para conseguir lo que nos proponemos. 
Sentimos tristeza, como otros muchos animales, pero tenemos la consciencia que hace que esa tristeza pueda llegar a ser bastante jodida a veces. 
Como somos adaptables, inteligentes, fuertes y conscientes, superamos la tristeza. 
Salimos de las cosas difíciles triunfantes.¡Claro que sí!

A cada uno le duele lo que le duele y le da pena lo que le da pena, pero todos pillamos en algún momento. Sobretodo pillamos los que no estamos hechos de piedra y somos un poco Teatreros y Conchavelasquianos, para qué lo vamos a negar. Aun más si echamos de menos a nuestros padres, hermanos y amigos.

Hasta llegar a volver a estar contentos, pasamos por distintos estadios. El lloro, la rabia, la pereza, la sonrisa, la risa y la ducha. Así conseguimos la alegría que en ocasiones viene con subidón. En esta ocasión, a mi el subidón del bajón que me ha dado volver de Estambul se me ha materializado en esta canción. A pesar del bajón que me da el shumishumishoooumishumishooushumiyey-ye de Pitbull.





lunes, 16 de abril de 2012

Lo importante que es bailar


No sé qué está pasando pero últimamente no paro de recibir malas y tristes noticias (menos esta tarde que una querida amiga me ha dado una preciosa y llena de amor). Las parejas se están rompiendo. Las personas se dejan de querer. Se cansan en vez de casarse. Y lo siento mucho. Me da mucha pena porque vamos a dejar un mundo, para los que vengan, lleno de viejos cascarrabias. No hay nada más chungo y desolador que los viejos cascarrabias insoportables. Con lo monas y agradables que son las abuelas y los abuelos que tienen el corazón contento. Mucho cuidar el medioambiente, mucho reciclar el cristal, pero si no hay amor en el mundo, ¿para qué les va a servir tanto verdor?

Ayer fuimos al cine. Fue un gusto porque hacía un huevo. Vimos Intocable. Me ayudó a recordar lo importante que es bailar. Bailar pone el corazón contento. El corazón contento bombea más amor y el amor hace que todos nos queramos más, que estemos más simpáticos, que tengamos mejor cara, que liguemos más. El amor trae más amor de la misma manera, por desgracia, que el dinero llama al dinero. Pero el amor llena mucho más que cualquier cosa material. Por mucho que nos empeñemos en agarrarnos a las cosas.

Hay una escena de la película que me encantaría enseñar pero que me parece una putada sacarla de contexto. Hay que verla en todo su esplendor. Y sentir que la vida son dos días, que tenemos todo funcionando para que esos dos días sean de fiesta. Dejémonos de quejarnos de que el fin de semana sólo es sábado y domingo y bailemos un poco más. Que pone el corazón contento y el corazón contento no trae más que alegrías.

Os dejo remix de bailes de películas. Películas que no tienen nada que ver una con la otra pero que mezcladas quedan genial. Como en las parejas de baile. Como muchas parejas que se están separando. Que bailar es difícil pero si entrenas, ahí estás dándolo todo.



lunes, 19 de marzo de 2012

Para los que quieren a sus padres



Este mediodía he recibido una llamada que me ha alegrado el alma y me ha llenado la sonrisa de luz. Hoy precisamente que tenía el día gris por ser lunes plus Día del Padre. Por mucho que se empeñen en que estas cosas son inventos de El Corte Inglés y blablabla, a una se le encoge el corazón de pena por no poder dar en mano una corbata a su añorado papá.


La llamada ha sido de mi Gema preciosa. Me ha preguntado si me podía contar una cosa a lo que le he contestado un "por supuesto, querida" preparándome para algún escarceo de su Málaga querida, pero vaya corte me he llevado.


Hoy Gema ha estado hablando con su padre. Le ha contado todas las cosas que le han ido pasando, que le preocupan, que le alegran la vida. Imagino que se habrá ahorrado detalles que todas ocultamos a nuestros padres, que no les gusta que llevemos la falda tan corta, sin caer en que en realidad, desde donde está él ahora, lo puede ver casi todo. Ilusa. 
Ha pasado una hora y media sentada frente al mar, cerca de dónde dejaron sus cenizas hace ya algunos años, donde a él le hacía ilusión descansar. Y donde también le acompañaron en su despedida con unos claveles rojos y blancos, los que más le gustaron en la tierra. Cuando Gema ha dicho un "hasta Semana Santa", que volverá, y se ha metido el ipod en el bolsillo, la siguiente ola le ha dejado un clavel blanco a tres metros de sus pies.


Gracias, pequeña mia, por contarme esta historia tan bonita y tan llena de amor. Me has hecho muy feliz. Y gracias también por darme el permiso, con orgullo y encantada (como tu dices), de compartirla con quien quiera leernos.
Gracias, Emilio, por seguir cuidando a tu hija como siempre prometiste que harías.


Os quiero mucho a los dos.

martes, 21 de febrero de 2012

Por los estudiantes de Valencia y otras muchas historias más...



Los que me conocen bien de sobra saben el profundo y, hasta ahora, irracional odio que profeso a la policía. No puedo con ellos. Así, en general. Lo digo con bastante calma y tristeza. Me ponen negra desde que hace mucho tiempo, pero mucho, mi padre me aconsejó en una ocasión que no me fiara. Él posiblemente ni se acuerde, pero a mi se me quedó grabado y desde entonces, después de fijarme y confirmar que tenía razón, no he dejado de desconfiar en ellos, aunque a veces me equivoque. Y yo que, en mi inocencia, pensaba que eran los buenos...


Sé que, como en todo, hay buenos y malos. Vale. Pero me parece tan penoso que en una profesión como esta haya malos... Tantos malos. Malos de corazón. Cosa que, lógicamente, afecta mucho más si eres policía que si eres panadero.


Cuando estaba en la carrera andaba una tarde por El Retiro haciendo unas fotos para un trabajo. A mi lado se puso un coche patrulla y el policía que iba dentro (sin compañero) me dijo que me metiera en el coche. Sin más, metete en el coche. Por supuesto le dije que ni de coña. Me insistió y le volví a decir que ni de coña me iba a meter yo en el coche de nadie, hombre. Cambió el tono, me dijo que un tío me estaba siguiendo y que como no me subiera en el coche, a lo mejor me quedaba sin cámara y sin algo más... Me acojonó, acabé metiendome en el coche patrulla con él, por supuesto, y tuvimos una conversación de lo más reveladora. "Has hecho bien en no fiarte a la primera ni a la segunda. Porque no siempre son buenos los policías. Yo te acompaño, sacas tus fotos y te vuelvo a dejar en la entrada." Y realmente así fue. Me acompañó, saqué mis fotos y me devolvió a la entrada.


Hoy por hoy sigo pensando en este momento y no sé si realmente fue del todo sincero. No sé si quiso ayudarme o pasarse un rato con una tía prieta, que en esas épocas yo estaba muy prieta (jaja). No sé si quiso meterme miedo, sentir su poder, y llevarme a lo más profundo del parque. No sé si tuve la suerte de que mi ángel de la guarda hablara con el suyo y le convenciera de que sería mejor para todos dejarme vivir en paz. 


Posiblemente todo esto se reduce a lo más sencillo: un buen hombre que me quiso ayudar. Así lo quiero recordar aunque no puedo evitar que me sigua mordiendo la duda.


A parte de esta anécdota, tengo otras muy jugosas de policías a punto de partirme la cara en las fiestas del 2 de Mayo en Malasaña, en manifestaciones en las que ni si quiera participaba en Barcelona y de llamadas al telefonillo obligándome a abrirles la puerta. Perdona, pero tu uniforme no te da paso a mi casa. Si quieres algo, ya bajo yo y me dices qué necesitas en el portal, por favor.


Siento muchísima pena por aquellos policías buenos que ahora están viviendo la vergüenza más supina de su profesión. Siento muchísima rabia por todos aquellos estudiantes que esta noche han dormido calientes y llenos de terror.







miércoles, 8 de febrero de 2012

Lo de ET no es casualidad

  
Hace ya unos meses leí esta columna de Elvira Lindo cuando iba en un avión, no sé si hacia un lado o hacia otro, de ida o de venida que ya confundo dónde está mi hogar. Y me encantó. Me gustó mucho porque de alguna manera, quizás más sutil, me sentí muy identificada con ella. 


Sé lo que es quedar con un amiga (o amigo) y verla con el Iphone o la Blackberry amorrada como si no hubiera mañana. Contenta como una loca al oír la campanilla y sonreír como una boba por ese mensaje que ha recibido. Mensaje que tú, efectivamente, te imaginas revelador, suculento y, como poco, picantón. Y que encima no te cuenta.


Cuando uno está fuera de la órbita tecnológica, llega un momento en el que piensas que si no te pones las pilas, te va a quedar atrás. Te proyectas al 2035, con tu cuerpo de señora, preguntándole a tus hijos cómo se enciende y se apaga la próxima máquina infernal que tendremos para calentar la leche y te entra el pánico. Te entra el pánico y te lo meten los demás, que te insisten que si no tienes Whatsapp, estás cavando tu propia tumba social...


Así que te lanzas a la piscina, te instalas todas las aplicaciones que te van a reanimar la vida y te das cuenta de que la vida, emoción arriba emoción abajo, sigue igual. Que esos mensajes secretos, reveladores y suculentos, no son nada picantones, si no más bien una "alerta" de que alguien a clicado un "me gusta", y posiblemente poco más. Pero molan. Molan bastante.


Reconozco que llevo dos días fundiéndome la batería de la BlackBerry (porque no me da la vida para un Iphone) en menos de una mañana. Dándole a todos los botoncitos, mandando mogollón de muñecos sonrientes, amorosos, cabreados, peces, montañas, soles y cacas. Reconozco que me encanta mandarme whatsapp con mi madre (me acaba de mandar una foto guay), con mi sobrino Guillermo y con todo el mundo. Reconozco que tiene su gracia y me llenan de ilusión. Pero tengo miedo de pensar cómo vamos a acabar. Vaticino un mundo lleno de gordos, como en Wall-E, con los pulgares como cuellos de jirafa. Que lo de ET no era casualidad.

martes, 31 de enero de 2012

El Templo de la Purificación del Pasado



Esta es otra de esas historias que, como la de La Dulce Muerte del Mon Cherí, tiene que ser contada. Por lo trágica-absurda que es y porque tiene un final feliz. Además, da mucho que pensar. Está contada también con mermelada y con muchísimo cariño.


"Tenía un novio con el que llevaba viviendo años. Un novio en el que confiaba plenamente, con el que compartía vida, muerte de seres queridos, cumpleaños y muebles. Hasta que un día, cuando me acompañó a las 5 de la mañana al aeropuerto, me dijo que tenía que pensar. Estuvo pensando una semana, de silencio eterno, hasta que el pensamiento se hizo palabra y me dejó. Me dejó sola en la ciudad a la que me acababa de mudar y en la que le esperaba, como habíamos planeado, para compartir juntos. Sin vida, sin amigos, sin seres queridos y sin muebles.


Pasado un tiempo (2 meses) me llamó diciéndome que no me iba a devolver el dinero de la fianza de nuestro piso porque había comprado en Venecia, por cierto, un anillo de compromiso a su nueva novia, con la que se casó once meses después coincidiendo con su aniversario. Fecha que caprichosamente fue un mes antes de dejarme a mi, si no me fallan mis cálculos.


Me quedé tan hecha polvo que lo siguiente que me tocaba después de mi pena era la muerte. Así que me recompuse, volví a nacer, me quité el vestido de viuda, y comienzo a ser feliz otra vez.


Me marcho a Japón por trabajo, ocio y amor, con mi nuevo novio cogido de la mano, y con toda la buena suerte de ser el mismo destino de los recién casados. Japón, con sus millones de habitantes y sus pocas probabilidades de encontrarse. Hasta que voy a coger un tren, que me lleva al último monasterio budista del culo del mundo y me encuentro a mi ex en el andén. Que con los nervios no se le ocurre otra cosa mejor que preguntarme que "si has visto a mi mujer", que debía andar por ahí comprándose unas Chips Ahoy o vete tú a saber qué. Y le pierdo de vista, no sé si por la multitud o por el mareo del shock.


Después de tres horas cruzando montañas, parajes, civilizaciones milenarias y millones de paradas en las que uno se puede apear, llegamos al templo budista. Una experiencia única, exclusiva, en la que dormíamos una noche y compartíamos boles de arroz con los monjes. El monje recepcionista me dice que no me encuentra en la lista de los que estábamos registrados, que éramos unos seis. Y entre los nervios y el fatal inglés que llega a esas latitudes, me enseña el folio con su nombre, el de mi ex, en primera linea.


Y me cago en todo. En todo mi destino. Y miro al cielo y pregunto por qué, POR QUÉ?? Hasta que llega la hora de la meditación y nos meten a los que estábamos allí, compartiendo experiencias extrasensoriales, a orar y cantar mantras durante 45 minutos. 45 minutos de mantras que tuvieron un preludio de grito ahogado de la mujer de mi ex (que les presenté yo) que soltó cuando me vio allí orando el Om Mani Padme Jum.


Cuando salíamos del templo a la mañana siguiente, comentando que poca más experiencia íbamos a sacar de allí, el monje me miró muy serio y me dijo. "Tu en realidad no tendrías que haber estado aquí". Lo que me dejó del todo loca pensando que la montaña le había susurrado mi destino, que ya sabes cómo son por ahí... Pero no, en realidad se refería a que nuestra reserva era para la siguiente noche. Por supuesto, antes de marcharnos, hicimos el Rito de la Purificación con fuego."